Cada vez que agreden a un médico cortamos el árbol de la ciencia para fertilizar el matorral de la superchería. Cuando era crío lo de pegarle a un doctor no existía. Ni siquiera lo podíamos imaginar. ¡A un médico! Al médico se le respetaba, se ... le admiraba, se le veneraba. Era alguien, ese señor que acudía hasta tu casa con ademán severo y alargada faz de palo para enchufarte el helado fonendoscopio, qué sensación aquella al contactar el metal contra tu pecho así un poco como de gorrión, y recetar una píldora, un ungüento, un bálsamo, un lo que fuese. «Este coche era de un médico…» suponía la bala de plata que el vendedor de coches de segunda mano disparaba entre las cejas del potencial cliente para rematar la jugada y cerrar la operación. Si el vehículo había pertenecido a un galeno eso otorgaba marchamo de calidad absoluta. No había duda. Hasta ese punto contaba el prestigio de los médicos. Aporrear al médico, triste moda actual, revela el fracaso de una sociedad donde los energúmenos les violentan sin reparos. En mi familia siempre tuvimos amigos médicos cerca, y me encantaba. Te colaban en aquellas consultas donde también vivían con su parentela. Un tercio, o algo menos, de la morada la usaban de clínica. La salita de espera quedaba un tanto bizca con esas sillas desparejadas, esos cuadros honrados de ocasión, ese tresillo como de herencia antañona y esas revistas resobadas que databan del Cretácico. En ocasiones, desde las privadas bambalinas, se filtraba el aroma del guiso y ese perfume doméstico anestesiaba. A un conocido mío médico le golpearon con un casco de moto dos cafres. Salió en la prensa. Lo curioso es que ese amigo es cinturón negro de karate, pero no cualquier cinturón de barrio, que este fue campeón de España y formó parte del equipo olímpico. Vamos, el puto Bruce Lee. «¿Por qué no te defendiste?», pregunté. «No quise meterme en líos», respondió. A tales disparates hemos llegado. Acaso estos arrebatos evidencian el cacareado progresismo que tanto promocionan desde nuestro gobierno.
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