La vida nómada de los temporeros del turismo
Aunque la temporalidad del empleo ha caído hasta mínimos históricos (7,9%), aún hay quienes, siguiendo su espíritu nómada o por necesidad, persiguen las vacaciones de otros
Nómadas digitales: ¿oportunidad o amenaza para el desarrollo justo de la ciudad?

«Es duro trabajar mientras los demás están disfrutando», confiesa Alejandro Segovia. Pero es la vida que ha elegido este madrileño, profesor de esquí en los Pirineos. Un trabajo estacional que, lógicamente, no dura todo el año. Por eso, mientras espera que la nieve ... cubra de nuevo las pistas de Formigal y empiecen a llegar en masa los turistas, en verano se gana la vida como camarero en un pub de Panticosa. Llegó a la montaña oscense hace apenas dos años, cuando se dio cuenta, tras la pandemia, de que el dicho «de Madrid al cielo» carecía de sentido para él.
La gran ciudad sólo le ofrecía quebraderos de cabeza, así que, abrumado, decidió coger su autocaravana en busca de nuevos retos. Y carretera y manta. «Entre temporadas, este estilo de vida no te permite encontrar un trabajo, así que estás de vacaciones. Puedes vivir en el sitio que te apetezca y conoces a mucha gente interesante a lo largo de los viajes», plantea Segovia. Aunque no todo son ventajas: «Al final no tienes una estabilidad económica y tienes que estar siempre haciendo cuentas y, en el caso de la autocaravana, estar pendiente del agua que tienes, la cantidad de sol que tus placas solares pueden absorber para poder tener electricidad … ¡ah!, y no te olvides desaguar las aguas sucias del vehículo de vez en cuando».
Como Segovia, más de 2,8 millones de españoles viven directamente del turismo, según los datos de afiliaciones a la Seguridad Social de julio recogidos por Turespaña. Este verano, además, se ha reducido drásticamente la temporalidad del empleo hasta situarse en mínimos históricos: a finales de julio apenas había un 7,9% de contratos temporales (muy por debajo del 14,3% de la media española) y un 24,3% de fijos discontinuos, según datos de Exceltur. El año pasado, la temporalidad era del 38,4%, y había un 11,2% de fijos discontinuos. Las buenas perspectivas derivadas de la recuperación del sector y el compromiso de los empresarios por dar mayor estabilidad al personal en un contexto de falta de mano de obra formada, interpreta la patronal, están detrás de este cambio de tendencia.
Para ahorrar
Aunque todavía quedan quienes siguen eligiendo vivir al servicio del turista. Muchos por vocación, pero otros prácticamente empujados por necesidad, como le sucedió a Carlos Molina. Él también se dedica a la hostelería, que emplea a 1,8 millones de personas –1,5 millones de asalariados, 1,4 millones con contrato indefinido a jornada completa o parcial, y más de 324.000 autónomos– según datos de afiliaciones a la Seguridad Social de finales de agosto recogidos por Turespaña. Cuando, hace un par de años, se quedó en paro y tuvo que buscar un nuevo alquiler, se dio cuenta de que, al precio que estaban los pisos en su Sevilla natal, no le salían las cuentas.
Así que hizo las maletas y en abril se mudó a Ibiza con su pareja para encargarse del economato de un chiringuito de playa. Ella, que es fisioterapeuta, encontró trabajo en la cocina. En noviembre, cuando cierren los negocios de temporada, regresarán a casa para descansar, y en enero volverán a las Baleares para trabajar «de lo que salga», apunta Molina, hasta que los veraneantes llenen de nuevo las playas. Muchos colegas, señala, siguen trabajando en invierno en otros bares y restaurantes que no cierran o encuentran un hueco en el sector del mantenimiento o la albañilería. Él planea seguir con esta vida nómada al menos tres o cuatro años más: «Al final el sueldo base es mucho mayor que en Sevilla, las horas extra se pagan bien y las propinas te engordan el salario». «Así podemos ahorrar un buen dinero y comprarnos una casa», concluye.
Un estilo de vida no hecho para todo el mundo
«Hay personas que prefieren un trabajo fijo. al final vas de contrato en contrato y todo es un poco inestable»
Pero Ibiza no sólo necesita camareros para su temporada alta. Paula Usero, patrona de barco, lleva más de una década conduciendo a los turistas por las aguas del Mediterráneo. Trabajo hay cada año más, y los sueldos que ofrecen las empresas de alquiler de embarcaciones recreativas seducen a cualquiera, pero hay un problema de acceso a la vivienda que hace que muchos marineros (e incluso patrones) acaben viviendo en los barcos o incluso en furgonetas.
«Se gana mucho dinero, pero no da para vivir el resto del año, a no ser que trabajes en embarcaciones de auténtico lujo. Hay que cotizar. Y yo, además, soy familia monomarental», reconoce Usero, que añade que muchos compañeros son patrones en verano y marineros de máquinas en invierno en las grandes compañías de ferries. Ella, cuando acaba la temporada ibicenca, vuelve a su Galicia natal y busca otro tipo de barcos para echarse a la mar. De momento, pasará el próximo mes y medio a bordo de una expedición científica en el Gran Sol. Otros años se suma a la campaña de la almeja o trabaja en las bateas. «En verano me puedo permitir escoger, pero en invierno no», señala.
Monitores y guías
Ella está dentro de esos casi 673.000 asalariados (y casi 160.000 autónomos), según datos de Turespaña, que viven de otras actividades recreativas y de ocio relacionadas con el turismo, como los monitores deportivos. Un ejemplo es Mariana Royo, auxiliar de veterinaria de formación, que trabaja en Formigal como profesora de 'snowboard' en invierno y como instructora de hípica en Biescas «o de lo que surja ese año» en verano. La joven, que se define como alguien «muy independiente y espontánea», cree que para vivir así, a temporadas, hay que ser muy flexible y saber valorar también la soledad: «Hay personas que son mucho más planificadas y prefieren un trabajo fijo con el que ahorrarse todos estos quebraderos de cabeza que supone vivir al día. Al final vas de contrato en contrato y todo es un poco inestable».
Aún así, destaca que estar de temporera le ha permitido poder dedicar tiempo a otros proyectos, como camperizar su propio Land Rover Santana, actividad que le ha permitido crear una comunidad con más de 150.000 seguidores en Instagram. «Sólo lo he podido conseguir llevando este estilo de vida», concluye.
María Esteban Tapia también cree que el haber perseguido la eterna temporada alta turística le ha permitido cumplir su sueño. Este año logró por fin dejar su trabajo como repartidora para vivir de sus dos pasiones: los deportes de nieve y el 'wakeboard' (una mezcla de snowboard, skate y surf). Mientras hay nieve en las cumbres de Navacerrada, normalmente desde el puente de diciembre hasta primeros de abril, da clases a escolares y pequeños grupos. Y en verano pasa los días sobre su tabla en el embalse de Cazalegas, a más de cien kilómetros. Como les ocurre a todos estos nómadas del turismo, sus vacaciones llegan cuando el resto del mundo trabaja, entre ambas temporadas: «Alguna vez me voy a la playa, pero prefiero ir a hacer 'wakeboard' a otro lugar o a los Alpes», reconoce. De esta vida nunca se acaba de desconectar.
Equilibrio financiero
Lo mismo opina Esther Murciano, que trabaja como guía turística, el área con una mayor proporción de autónomos (más de 18.800, frente a 47.455 asalariados), como ella. Con todo, sostiene que es guía por pura vocación. Cuando era una niña, sus padres no le dejaban casi nunca ir a las excursiones del colegio, quizás por eso en cuanto se sacó el carnet de conducir ya no paró. Fascinada por el Kilimanjaro, pisó África por primera vez en 2011. Desde entonces, pasa todos sus veranos, exceptuando el paréntesis de la pandemia, guiando safaris por Namibia, Sudáfrica, Botswana, Kenia y Tanzania. La temporada alta allí coincide con las vacaciones de los turistas europeos y la estación seca. El resto del año, esta joven madrileña trabaja como guía de montaña. Donde surja y le apetezca: «Mi vida es un documento de excel, bloqueo el verano y a partir de ahí voy llenando casillas con otros viajes».

Sin embargo, Murciano se dio cuenta hace tiempo de que para mantener este estilo de vida hace falta también un campo base, una casa a la que volver: «Al final viajar tanto te limita mucho en las relaciones personales. Las más fuertes se mantienen, pero cuesta mucho más, incluso con la familia. A mí me hizo falta que llegase la pandemia para parar y empezar una relación de pareja. Y aquí seguimos. Por eso digo que, pese a la incertidumbre, a mí el Covid también me trajo cosas buenas». Otra cuestión importante, asegura, es diversificar los negocios. Ella se percató hace años de que los grandes viajes son lo primero de lo que se prescinde cuando llegan las vacas flacas. Así que en 2020 abrió Be Wild Travel, un negocio de excursiones y talleres en la naturaleza.
Jorge Astorquia también entendió pronto la necesidad de ser más que polivalente. Por eso no sólo es guía de viajes de aventura (entre África y el Ártico, según la temporada), sino que también es ecólogo y cámara en proyectos audiovisuales. «Los primeros años son muy locos, no sabes si te van a llamar, están llenos de incertidumbre...», confiesa. Por eso, antes tendía a no parar ni un día, sobre todo en verano. Ahora que es padre intenta hacer viajes más cortos. Esta experiencia ha confirmado que la conciliación es el gran reto de estos aventureros. Vivir persiguiendo el verano eterno también pasa factura.
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