CrÍTICA DE:
'Me piden que regrese', de Andrés Trapiello: el trampantojo español
NARRATIVA
El autor de 'Salón de pasos perdidos' nos regala un 'thriller' político, una historia de amor y un tratado de sociología doméstica excepcional
Otras críticas del autor
En 'Me piden que regrese', Andrés Trapiello consigue reunir una estela de literatura y cinematografía española excepcional. Está la huella del Baroja de 'La lucha por la vida', sobre todo de 'Aurora Roja'; está la fantasmagoría de Solana; está el Edgar Neville de ' ... La vida en un hilo' y está Berlanga (en el formidable capítulo de la montería a la que acude el mismísimo Franco), pero, sobre todos ellos, está Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953).
Si existe un canon de la novela, ahora en el siglo XXI y con permiso de Harold Bloom, ésta es la novela perfecta. Sin pliegues, ni alharacas, ni oscuros (y falsos) vanguardismos, hoy claramente viejunos. Al grano. En corto y por derecho. Es de Trapiello y es de la estela cervantina.
NOVELA
'Me piden que regrese'

- Autor Andrés Trapiello
- Editorial Destino
- Año 2024
- Páginas 394
- Precio 22,90 euros
Trapiello es un Baroja pasado por RockOla. Lo cual dice mucho a su favor, y de Baroja, si vale. Madrid, 1945. La Segunda Guerra Mundial está a pocos meses de terminar. Los nazis en retirada, Franco asustado («Vienen a por nosotros»), la Embajada norteamericana en Madrid, jugando a dos bandas. Por un lado el pacto con Stalin para acabar con Hitler (lo que les permite ayudar al muy clandestino Partido Comunista y sus doscientos militantes en España) y, por otro, pensar ya en la posguerra y el apoyo, sibilino, a Franco porque el siguiente enemigo en la lista será, precisamente, Stalin y el comienzo de la Guerra Fría.
Un enviado de la OSS (antecedente de la CIA) llega a Madrid para ejecutar un plan maquiavélico contra uno de los personajes pronazi del franquismo que podría impedir el decantamiento de Franco hacia los Estados Unidos en la ya inmediata posguerra. En medio, un Madrid desolado que, además, asiste, con toda la parafernalia de la dictadura, a un atentado contra unos falangistas en Cuatro Caminos, y el reforzamiento de la propaganda franquista contra los que llamaban enemigos del Régimen.
Trapiello es un Baroja pasado por RockOla. Lo cual dice mucho a su favor, y de Baroja
Por ahí, merodean, los personajes: Benjamín Smith (un español, Benjamín Cortés y Cortés, huido a Estados Unidos tras la frustrada revolución socialista de 1934 y nacionalizado norteamericano), Sol Neville (prima del director cinematográfico, Edgar Neville), Alvar (un policía de la secreta o Brigada Política Social, empeñado en ascender a costa de lo que sea) y un extraordinario plantel de secundarios que cruzan las calles de Madrid, ensombrecidos unos, victoriosos otros, desahuciados los más, y, sobre todo, éstos sobrevivientes en el infierno.
Un sendero de personajes que se bifurcan en una reconstrucción de época como pocas hemos presenciado en la novelística española contemporánea. Una novela que es un 'thriller' político, una historia de amor y un tratado de sociología doméstica excepcional.
Compasión
Los diálogos, el perfil, preciso, conciso, contundente de los personajes. Nada escapa a esa mirada, lupa en mano, de Andrés Trapiello. Sólo el capítulo de la montería en la que acude Franco es un magistral fresco en el que Berlanga y Cervantes se dan la mano. La mirada cervantina de Trapiello es digna heredera de la compasión que Cervantes muestra hacia sus personajes, lo mismo que Berlanga. Trapiello se instala en el trampantojo español, tan de Solana, tan de Ramón, tan barojiano para trasladar toda esa herencia, magistralmente exhibida, con las maneras, los estilos, el acierto y la rotundidad de una narrativa que atrapa al lector desde la primera página.
No sólo lo atrapa sino que le lleva de la mano por los vericuetos de la melancolía, del anhelo, de la más brutal supervivencia —qué personaje tan formidable literariamente es Chito— de los calabozos de la Dirección General de Seguridad a la Cúpula del Palace o las corralas de Lavapiés y alrededores. Del Pasapoga, del Retiro a la calle de Peligros, embajadas, fiestas, hambre, mentiras, miseria, miedo, muchísimo miedo. Represión, y la huella indeleble de la Guerra Civil en cada esquina. Porque todos saben que, como bien escribió Fernando Fernán Gómez en 'Las bicicletas son para el verano', «no había llegado la Paz, había llegado la Victoria». Soberbia novela.
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