tribuna abierta
«El tó que tó»
Ya se sabe que no es posible «escribir como se habla», y que no se debe «hablar como un libro», pero lo uno y lo otro se pueden hacer -y se hace- bien de modos diversos

Las lenguas no se «gastan» por el uso, como las suelas de los zapatos. Lo que ocurre es que, mientras no dejen de usarse, no cesamos de cambiarla, de incorporar novedades y de prescindir de lo que deja de servir. Ha venido a mi mente ... tal obviedad al oír una expresión para mí habitual, no sólo en mi infancia, pero sobre cuya vitalidad actual (dentro y fuera de Andalucía) no me atrevo a pronunciarme (agradecería a los lectores cualquier información): «no lo sabría, o, si lo sabía, s´ehtaba haciendo el tonto / el tó que tó eh que no me l´ha disho». La confrontación (excluyente o restrictiva) no es «equivalente» a la llevada a cabo por alguna «conjunción» adversativa o concesiva, por ejemplo, en ´aunque {quizás lo sabía / es posible que lo supiera}, no me lo dijo´. Algunas de las personas a las que he preguntado han mostrado su extrañeza, pero ya se ve (se oye, mejor) que «desaparecida» no está.
Pese a que hablar es, desde cualquier punto de vista, lo «primero» (y lo único para los muchos millones de analfabetos que aún hay en el mundo), los gramáticos no suelen ocuparse (ni se «enseñan» en la escuela) de fórmulas de engranaje como este giro «contrastivo-conclusivo», en el que se acorta el término repetido «todo» y, a menudo, la –l del artículo es pronunciada como –r, er tó que tó. Y aunque hace tiempo que se dispone de medios que impiden que el viento se lleve las palabras, los estudiosos continúan anclados en lo «formal», preferentemente lo escrito, y apenas prestan atención a la oralidad conversacional coloquial.
Cuento con que el lector habrá «activado» de modo adecuado la pausa que precede a «el tó que tó», así como el pertinente contorno melódico del conjunto. Y sobra decir que el hablante no «opta» entre él y una «conjunción» (¿cuál?). A diferencia de la frase prosódicamente organizada como unidad («es posible que lo supiera, pero no me dijo nada» / «aunque lo sabía, no me dijo nada»), lo que se consigue con «el/r tó que tó» es reforzar la interdependencia semántica de las secuencias que engarza, por encima de su aparente débil ligazón sintáctica.
Hasta no hace mucho tiempo, a los alumnos que hacían la prueba de Lengua para acceder a la Universidad se les pedía que «transformaran» unas oraciones de cuantas maneras se les ocurriera, sin que se viera «alterado» el sentido. Siempre he pensado que con tal ejercicio no se descubría el grado de madurez del estudiante. Invito al lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí a aplicarlo a «si tú estás delgada, yo estoy hecha un fideo!», otro tipo de construcción oral, pero que seguramente, no sólo habrá escuchado, sino también leído (y escrito). Voy a echar una mano a quien acepte el reto, glosando libremente lo no explícito: ´tú sabes de sobra que no lo estás [delgada], pero, de ser eso cierto, a mí, que [soy consciente de que] no lo estoy, me permitiría afirmar que me encuentro en los huesos´.
Estará pensando alguno que con las soluciones más o menos informales se gana en «economía» lingüística. Pero ¿de verdad es «ahorrar» lo que buscamos al hablar? ¿puede pensar alguien en serio que es la razón por la que /to/ -que forma parte de otras locuciones, como en todo caso, a todo esto, con todo [y con eso]…- se convierte en monosílabo único para sustantivos de los dos géneros y tanto para el singular como el plural: /tó´l coshe / tó loh coshe / tó la noshe / tó lah noshe/?
¿A dónde quiero ir a parar? A romper una lanza por los hablantes que, aunque no seamos capaces de henchir de sentido nuestros usos lingüísticos como lo hacen los creadores literarios, no dejamos de acuñar y valernos de ´rodeos´ con que sobrepasamos ampliamente el significado «literal». Y sin engañar a nadie, como hacen los políticos, que constantemente están rebautizando al mismo grupo de personas (minusválidos, inválidos, de movilidad reducida o limitada, disminuidos, con discapacidad, con capacidades especiales…), sin que ninguna de las denominaciones con que intentan camuflar sus carencias físicas o psíquicas llegue a suponer ventajas notables para los afectados.
Ya se sabe que no es posible «escribir como se habla» (no pasa de ser un ideal estilístico), y que no se debe «hablar como un libro» (si no se quiere correr el riesgo de ser «rechazado»), pero lo uno y lo otro se pueden hacer -y se hace- bien de modos diversos. Hasta una conversación cotidiana puede llegar a ser literatura, como se comprueba en los diálogos de las novelas de C. Martín Gaite, que este año habría cumplido un siglo.
Y en todos los casos, la clave (lo importante, la cuestión… o «el tó que tó») está en saber encajar adecuadamente cada uso idiomático en el tipo de intercambio comunicativo en que se participa, y siempre con el «permiso» del receptor, al que nada ha de chirriar, pero que, a su vez, ha de saber tomar la circunvalación o atajo que el interlocutor elige, No vaya a ser que a alguno le pase como a aquel extranjero aprendiz de nuestra lengua al que todo y en todo momento le parecía «de puta madre», y suelte un «el/r tó que tó» en una situación en que no procede, ni le conviene. Puedo asegurar que volver a oírlo me ha hecho revivir(lo).
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