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Turquía y Armenia se disponen a normalizar sus relaciones diplomáticas y a abrir sus fronteras

Protestas en Armenia por la normalización de relaciones con Turquía / RUETERS

Los países del Cáucaso Sur, región salpicada en las últimas décadas por numerosos conflictos interétnicos, podrían estar a las puertas de una nueva era de prosperidad y entendimiento. Después de casi un siglo de confrontación, Turquía y Armenia se disponen a normalizar sus relaciones diplomáticas y a abrir su frontera común. Mañana sábado, los dos estados firmarán en Zurich los protocolos para evitar que sus respectivos pueblos sigan viviendo de espaldas.

Armenia, cuyas fronteras con Azerbaiyán también están cerradas, ha vivido hasta ahora en un aislamiento casi total. Georgia ha sido su única vía de comunicación por tierra con el mundo exterior, pese a mantener buenas relaciones con Irán, país con el que limita por el sur en una estrecha franja de terreno montañoso. Rusia ha sido su mejor aliado, pero el transporte es sólo posible por vía aérea.

La principal beneficiada, por tanto, de esta nueva situación será Armenia, su comercio y su precaria economía. “La apertura de las fronteras con Turquía nos permitirá un mejor acceso a Europa”, admite Alexánder Iskadarián, director del Instituto de la Prensa de Ereván, la capital armenia. El país caucásico podría incluso verse involucrado en los grandes proyectos energéticos de la zona.

Turquía también espera sacar provecho de esta aproximación a su denostado vecino en el terreno económico y, sobre todo, en el político y diplomático. Ankara confía en que su papel estabilizador como potencia regional en el Cáucaso, zona estratégica por su importancia para el suministro de hidrocarburos a Occidente, sea un aval para favorecer su ingreso en la Unión Europea.

“Deseamos normalizar nuestras relaciones con Armenia y también sanear la situación en todo el Cáucaso Sur, incluyendo el enclave de Nagorno-Karabaj”, dijo el mes pasado el ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu. Según sus palabras, “ello aportaría a nuestra región una paz estable y duradera”.

“El Cáucaso ha sufrido ya muchas tensiones étnicas y conflictos larvados. Nuestra experiencia en el Cáucaso y en los Balcanes nos indica que los conflictos irresueltos son como bombas que pueden explotarnos imprevisiblemente en la cara”, añadió el canciller turco en obvia referencia a lo sucedido el año pasado en Osetia del Sur y Abjasia.

Ankara pretende obtener de Armenia concesiones para resolver el contencioso de Nagorno-Karabaj, territorio perteneciente a Azerbaiyán, pero poblado por armenios y autoproclamado independiente en 1991. El Gobierno azerbaiyano ve con buenos ojos la maniobra, pero preponderan todavía los recelos. El politólogo azerbaiyano, Vafa Guluzadé, considera el acercamiento a Armenia de Turquía “una traición a un pueblo hermano”.

En Armenia también hay detractores, sobre todo entre los sectores ultranacionalistas, quienes exigen a Ankara que admita la verdad del genocidio de armenios de 1915 y pida perdón. Turquía no desea hablar del asunto mientras el presidente armenio, Serge Sarkisián, ya ha dicho que el reconocimiento de aquella matanza, en la que se calcula que perecieron un millón y medio de personas, “ha dejado de ser una condición previa para encauzar las relaciones y para hablar de todas las cuestiones pendientes de interés mutuo”.

El estrechamiento de lazos entre Ankara y Ereván cuenta con la bendición de EEUU y la Unión Europea. Moscú dice apoyar también el proceso, pero, según el columnista de “Nóvaya Gazeta”, Pável Felgenhauer, la procesión va por dentro. “Rusia ve disminuir su influencia en el área en beneficio de Turquía, ha perdido ya Georgia y ahora perderá Armenia”, considera Felgenhauer.

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