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Esto es lo que le pasa al cerebro de tu hijo cuando le gritas

Educar sin alzar la voz no debe ser una moda de la crianza respetuosa, advierte la psicóloga Laura Cerdán

«Nos enfadamos en el trabajo, nos montamos un diálogo interno... y explotamos en casa»

La crianza está cada vez más lejos del autoritarismo de generaciones anteriores ABC
Carlota Fominaya

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Muchos padres han arrancado el 2023 con el firme propósito de no gritar a sus hijos. Y si el primer paso para cumplir un objetivo es querer cumplirlo, en este caso concreto debemos plantearnos por qué queremos cumplirlo.

Educar sin gritos, advierte la psicóloga Laura Cerdán, «no ha de ser una moda, aunque en los últimos años haya cogido fuerza la crianza respetuosa, cada vez más lejos del autoritarismo de generaciones anteriores».

Por ello, si dejar de gritar en casa es tu intención, añade esta psicopedagoga, «es bueno saber primero qué provocan los gritos en el cerebro de un niño. Porque para dejar de gritar nos va a ser muy útil entender por qué no debemos pegar a un niño, amenazarle, insultarle o gritarle«.

-¿Qué le ocurre al cerebro de un niño cuando le gritan?

-Para entenderlo de una manera coloquial, ante los gritos, el cerebro del niño bloquea una parte de la amígdala impidiendo así el paso de nueva información. Es por eso que los especialistas decimos que, con gritos, no se aprende nada. La amígdala es una parte muy pequeñita del cerebro situada en el sistema límbico. Entre otras funciones, es la que se encarga de recibir la información del entorno, de captar aquellos estímulos que considera importantes.

Un grito pone en alerta la amígdala, ya que es un estímulo agresor. Ante los estímulos, detectados, la amígdala anticipa una respuesta emocional, es decir, se pone a funcionar activando respuestas fisiológicas (como sudar, acelerar el latido de nuestro corazón, etc.). Además, se segrega cortisol, una hormona que nos prepara para dar respuesta al peligro. Por tanto, el cerebro se coloca en situación de alerta y defensa, no de comprensión y aprendizaje.

-¿Debemos hacer la reflexión de qué pensarías tú como adulto si a ti te gritan, y encima es todo el rato?

-Seguramente, si tu jefe te hablara mal o te gritara a menudo, te plantearías cambiar de trabajo. En cambio, hablar mal o gritar a los niños nos parece aceptable sólo por ser niños y estar a nuestro cargo.

El efecto que tiene en el menor que su padre o madre le hablen mal no es equivalente a que sea tu jefe el que te habla mal. El menor no puede buscar otro empleo y olvidarse para siempre de ese jefe tan malcarado. Y es que, para el menor, tú eres su referente y cuando le hablas mal, le haces sentir pequeño, en el sentido más amplio de la palabra.

Hablarle mal y lanzar mensajes negativos no da resultados a largo plazo. Por el contrario, afecta su autoestima, algo básico y fundamental para su desarrollo como persona, y que como adultos deberíamos cuidar por su extrema fragilidad.

Por otro lado, repetimos patrones. Si hemos sido criados con violencia, tendemos a repetir patrones. Aunque hoy en día los padres están más informados, nuestro cerebro recurre en ocasiones a aquello que conoce, a aquello que ha vivido y aunque no nos agrade, podemos actuar como hicieron con nosotros de pequeños.

-Otra reflexión debería ser... ¿Por qué gritamos? ¿Qué motivos hay detrás? ¿Es porque nosotros mismos no estamos bien? ¿Es porque vamos siempre con prisas? ¿Es porque hay algo del niño que nos exaspera? ¿Por qué es?

-Los gritos, las rabietas, las discusiones entre hermanos, las veces en que parece que no te escuchan o no hacen caso y un largo etcétera pueden sacar de quicio a cualquiera. Todos queremos ser esa mamá/papá perfecto, tranquilo, capaz de mantener la calma en todas las situaciones, que habla con tranquilidad, sin gritos ni violencia, esa mamá o papá que leemos en todas partes que hay que ser. Sin embargo, en la vida real hay situaciones que nos sobrepasan y nos pueden hacer perder la paciencia.

Conocernos a nosotros mismos y analizar qué conducta nos molestan más, nos pueden ayudar a anticiparnos y a encontrar estrategias para responder de manera más positiva. Sin duda, acudir a un especialista puede ayudarnos y orientarnos en nuestro caso particular.

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