Grupo Crónica, testigos de la Transición
Durante 45 años, 17 periodistas han integrado el llamado Grupo Crónica, que ha celebrado en torno a 1.200 almuerzos informativos. No ha existido ningún alto representante con el que no hayan compartido mantel. ABC adelanta algunos capítulos del libro de aquel grupo y su mirada sobre uno de los momentos más sobresalientes de la historia de España
Los testigos de la Transición se despiden de ustedes

Pertenecer al Grupo Crónica nos dio la oportunidad de ver a un Adolfo Suárez dibujar en un folio las estrategias de cómo se hizo la Transición, de haber conocido a un Felipe González con el uniforme de aspirante al gobierno de la nación, ... a los máximos dirigentes del Partido Comunista tratando de explicar las evoluciones de su formación, a Fraga antes y después de su periplo gallego y, para más ejemplos, a José Luis Rodríguez Zapatero e incluso a Pedro Sánchez, novatos en la política y un tanto aturdidos en los primeros compases de unos almuerzos frente a gente muy bregada en el conocimiento y en el trato con los políticos.
Conocimos, bajo la condición del 'off the record', a los Reyes Don Juan Carlos I y a Doña Sofía, y a Felipe VI cuando era aún Príncipe y estaba a punto de convertirse en Rey. Y, «del Rey abajo», conocimos a todos cuantos han tenido relevancia nacional durante el último medio siglo de uno de los períodos más interesantes de la historia de España.
Diego Armario, uno de los pioneros del Crónica, recuerda que el grupo se gestó en un pasillo de Radio Nacional. Parece que Antonio Casado consultó la idea con Pilar Cernuda y, a partir de ese núcleo, se decidió contactar con aquellos compañeros que venían realizando información política bajo la premisa de hacer una selección rigurosa del resto de los integrantes del grupo para evitar que surgiesen conflictos que pusieran en riesgo su estabilidad y funcionamiento. El perfil que se buscaba eran profesionales informados, con contactos.
Diego Armario recuerda que el grupo se gestó en un pasillo de Radio Nacional
Y somos y fuimos, por orden alfabético: Diego Armario, José Julián Barriga, Antonio Casado, Pilar Cernuda, Jorge del Corral, Carlos Dávila, Javier González Ferrari, Daniel Gavela, Fernando Ónega, Fernando Pajares, Manuel Antonio Rico, Miguel Platón, Ramón Pi, Nativel Preciado, Justino Sinova y José Ramón Verano; sin olvidar a los cuatro compañeros fallecidos: José Ramón Ibarrola (1945-1980), Ismael Fuente (1951- 1994), Juan José Callejas (1943-2005) y José Oneto (1942-2019). Al frente del grupo y coordinando las agendas de los invitados han estado Pilar Cernuda y Antonio Casado.
La regla se cumplió con todo rigor, y sólo dos grandes profesionales, por distintas razones y por voluntad propia, causaron baja en los primeros tramos de la constitución del Grupo Crónica, Iñaki Gabilondo y Pedro J. Ramírez.
*A continuación reproducimos algunos extractos del libro 'Grupo Crónica: Testigos de la Transición', editado por Deusto y que llega a las librerías el 12 de junio.
José Julián Barriga Bravo
La corrupción, en todas sus variantes, ha sido el riesgo mayor que ha tenido que afrontar la Transición en todo su recorrido, parecido al desafío del 23-F. La corrupción económica es sistémica, amenaza con destruir todo el organismo institucional, contagia y corrompe todo aquello con que entra en contacto. No conozco a ninguna persona con rigor intelectual que exonere a don Juan Carlos de sus responsabilidades bien conocidas y documentadas. Como también estoy convencido de que, durante este período y en los años que hemos gozado de un sistema plenamente democrático, la sociedad, y sobre todo la clase política, ha sido escandalosamente tolerante con la corrupción.
Por culpa de la corrupción, consentida o tolerada, surgieron los dirigentes políticos y las plataformas que pusieron en marcha procesos contra la Constitución de 1978. Recuerdo cómo, sobre los manteles del Grupo Crónica, íbamos conociendo (bajo el compromiso de la confidencialidad) nuevos capítulos de la corrupción, y cómo algunos con los que platicábamos se convirtieron en protagonistas de los más graves sucesos de aquellos comportamientos envilecidos. Al margen de la corrupción, la Transición no pudo resolver dos de los más graves problemas que afectaban a España: el problema territorial y la reparación de las heridas causadas por la posguerra. Quedaron afortunadamente resueltas las otras tres grandes desgracias que habían justificado los enfrentamientos ocurridos durante siglos: la cuestión social, el problema religioso y el problema militar.
Pilar Cernuda
Habíamos quedado con Fraga el 24 de febrero de 1981, el día siguiente de la intentona golpista, y le esperábamos cuando supimos que el Rey había convocado en Zarzuela a todos los dirigentes políticos para analizar la situación. Estábamos seguros de que no vendría, pero llegó; con cierto retraso, pero llegó. Como dijo al entrar en el comedor, él siempre cumplía sus compromisos, y nos contó de primera mano cómo había transcurrido aquella importantísima reunión. Rafael Vera y Luis Roldán, condenados después por los tribunales, compartieron con nosotros infinidad de confidencias, siempre fueron fuente importante de información. Como Rubalcaba, uno de los personajes favoritos del grupo que nunca nos falló cuando le llamábamos en tiempos difíciles en los que necesitábamos tener claves de lo que ocurría en las alturas. Los Príncipes — ahora Reyes— también respondieron a nuestras invitaciones, y don Juan Carlos y doña Sofía nos invitaron a Zarzuela para compensar que nunca habían podido acudir a donde celebrábamos nuestros almuerzos.
Jorge del Corral
20 de diciembre de 1973, día del asesinato de Luis Carrero Blanco, en la redacción de ABC.
—Corralito, echa una mano a Semprún con lo de Carrero.
—Alfredo, que me ha dicho el redactor jefe que te eche una
mano con lo de Carrero.
—¡Coño!, ¡joder! ¡No es posible! ¡Pero si eres igual que este hijo de puta de Argala!
—¿De qué me hablas? ¿Qué estás diciendo?
—Joder, que eres igual que este tipo, uno de los etarras que han asesinado a Carrero. ¡Mira!, ¡mira la fotografía que traigo! Se llama José Miguel Beñarán Ordeñana, alias Argala. ¡Y es clavado a ti!
—Déjate de coñas y dime qué quieres que haga.
—¡Leches!, que no estoy de broma. Mirad, mirad, ¡este tío es igual a Corralito!
Los que estaban trabajando en la redacción de ABC, en torno a la foto que blandía Alfredo Semprún Guillén, expresaban su asombro por el parecido del terrorista de ETA con el redactor que había entrado en prácticas en el verano de 1970, junto con dos compañeros de la Escuela Oficial de Periodismo: Pilar Trenas Fernández e Ismael Fuente Lafuente (primera baja del Grupo Crónica).
—Corralito, de momento no te muevas de Madrid ni andes por ahí sin que te lleve antes a la Dirección General de la Guardia Civil para que te den algún papel que diga que eres quien eres, y no Argala. Así que este fin de semana ni se te ocurra ir a Riaza a esquiar, como sueles hacer, sin haber ido previamente conmigo a ver a un coronel.
Carlos Dávila
Terminaron los episodios del «gonzalato» y llegó Aznar apuradamente, y con él (como se argumentó a la sazón) «ha concluido la Transición». Falso: fue su enésimo capítulo que finalizó como muchas otras veces en España: con bombas incluidas. Éstas, las de 2004, no fueron de ETA, con 857 cadáveres en sus mochilas, sino de unos mercenarios dirigidos por no-sé-sabe-quién. Un buen día se presentó en mi despacho profesional un supuesto militar de Mohamed VI. Quiso cobrarme por esta declaración: «Todo lo preparamos en menos de 15 días». Le pagué con el silencio y con la nula colaboración del Centro Nacional de Inteligencia, que me aconsejó: «Deja las cosas como están». Con más espacio aún se podría justificar por qué la Transición está inconclusa. El lector se puede quedar con esta afirmación del Rey Juan Carlos realizada particularmente en el Palacio de la Zarzuela, una confidencia hasta ahora no revelada por mí: «Sin la Corona [o sea, él] nos hubiéramos pegado de nuevo».
Justino Sinova
Cuando me han preguntado acerca de los políticos de la Transición, que no ha sido pocas veces, siempre he respondido que el mejor, el más eficaz, ha sido Juan Carlos I de Borbón; y en ocasiones esta afirmación ha provocado algunas sorpresas. «Un rey no es un político», han aducido unos. Y, en efecto, un rey no es un político al uso cuando su papel se limita, carente de funciones ejecutivas, a representar al Estado y a arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones, como dice nuestra Constitución. «El Rey es un estorbo», especulan otros. Y de ese modo desvelan ignorancia — desconocen su proceder en el vértice del sistema español— y exhiben sus propósitos arbitrarios contra la monarquía parlamentaria que nos define como nación y que nos une, a la que pretenden sustituir por una nueva aventura republicana o extravagante. Juan Carlos I ha sido el mejor político de la Transición, y cabe decir que también de la España actual, porque impulsó, custodió y protagonizó la más positiva transformación política que ha experimentado nuestro país, consistente en transitar desde una dictadura a una democracia homologable a las más valiosas existentes en el planeta, con el colofón de la renuncia de sus poderes absolutos en favor del conjunto de los ciudadanos españoles presentes en su tiempo y los que llegarán en el futuro.
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