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La futurista casa bajo el mar de Jacques Cousteau

Dos hombres del equipo de buzos del oceanógrafo francés residieron una semana sumergidos, sin salir ni un momento a la superficie

El comandante Cousteau baja a reunirse con los oceanautas+ info
El comandante Cousteau baja a reunirse con los oceanautas
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Dos hombres del equipo de Jacques Yves Cousteau, Albert Falcó y Claude Wesly, se convirtieron en 1962 en los primeros oceanautas del mundo tras vivir una semana bajo el mar en una casa subacuática, sin salir ni un solo momento a la superficie. Aquel experimento pionero del ilustre oceanógrafo francés constituyó una gran victoria bajo el agua al demostrar que era posible residir y trabajar en ese mundo del silencio que Cousteau mostró a la humanidad. «Las aguas de Marsella, donde el comandante realizó la experiencia, tienen la misma proyección universal que las rampas de lanzamiento de Cabo Cañaveral o las desconocidas bases soviéticas de vehículos interplanetarios», escribió «Blanco y Negro» tras aquella proeza.

Cousteau les desea suerte antes de la inmersión
Cousteau les desea suerte antes de la inmersión

En esta revista, Cousteau relató detalladamente en rigurosa exclusiva para España cómo y por qué se llevó a cabo esta operación, denominada Diógenes, y qué conclusiones se podían extraer para el porvenir.

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«La idea de la casa bajo el mar me obsesionaba», confesó en aquella serie de artículos, porque la escafandra autónoma, que había puesto a punto hacía 20 años con el ingeniero Emile Gagnan ya no le bastaba. «Nuestras incursiones se parecían todavía demasiado a simples alfilerazos, nos estaba prohibido tomar posesión del dominio submarino, seguíamos siendo transeúntes, ladrones. Pensaba que era preciso permanecer de manera estable en las profundidades, vivir en ellas, trabajar en ellas, no por el sistema de encerrarse en un submarino o en otra máquina cualquiera, sino conservando el contacto corporal con el agua y toda la libertad del buceador autónomo».

La experiencia de Falcó y Wesly, los «Glenn» y «Gagarin» del mar, supuso un gran avance en esas aspiraciones. Entre el 14 y el 21 de septiembre, estos dos hombres del equipo de buzos de Cousteau vivieron a 10 metros bajo el mar en la estación experimental «Precontinente Número 1», una «casa» de hierro comunicada libremente con el mar y que abandonaban a una hora señalada cada día para trabajar cinco horas diarias en el fondo marino. «En realidad no viven en una casa, sino en el propio mar; la estación les permite acogerse en ella y, sin que sea un juego de palabras, mantenerse secos dentro del agua si lo desean; no reposa sobre el fondo, está de pleno en el agua, suspendida en la masa líquida como una burbuja de aire dentro de una botella, y esta casa no necesita puertas, está abierta día y noche al elemento marino, que, pese a su formidable presión, la baña sin jamás penetrar en ella», explicaba Cousteau.

Para el explorador de los océanos, estos dos hombres eran «los portadores de una fantástica buena nueva, los anunciadores de una especie por venir: hombres "del" agua y nacidos de ella, criaturas de las ondas, que, por el rodeo de las ciencias más exactas, quieren hacer ciertas las quimeras, los viejos sueños neptunianos, las milenarias mitologías oceánicas».

Los buzos Wesly y Falcó en el interior de la casa submarina
Los buzos Wesly y Falcó en el interior de la casa submarina

Desde el Calypso, Cousteau vigilaba sus movimientos. Un compresor instalado en la isla suministraba el aire que respiraban en la vivienda submarina, que era iluminada de día mediante proyectores. «Desnudos bajo la ducha o cuando tocan la armónica, los oceanautas respiran a dos kilogramos por centímetro cuadrado de presión en lugar de hacerlo a un kilo como usted y como yo. Exactamente como cuando se encuentran en el agua, a la misma profundidad, divirtiéndose con las botellas a la espalda, delante de la puerta de su casa», contaba Cousteau.

Una bañera sin fondo

Ésta, un cilindro de paredes con planchas de tan solo cuatro milímetros de espesor, se sostenía gracias al milagro de la equipresión, según el viejo principio de la campana de buceador. «La única diferencia -decía Cousteau- es que en lugar de estar colgado de un barco, como la campana, está rodeado de cadenas amarradas a enormes lingotes de fundición que reposan sobre el fondo, tres metros más abajo, es decir, a 13 metros. Así se asegura su inmovilidad y su estabilidad». En el centro del suelo del cilindro un grueso conducto redondo se abría directamente al agua y una escala adosada al tubo permitía a los buzos introducirse en ella o subir hasta la casa. «Ese agujero lleno de agua es fascinante, se diría que es una bañera sin fondo», afirmaba Falcó. La vivienda venía a ser como un vaso introducido boca abajo en un recipiente de agua.

Realizando una revisión dental en la vivienda bajo el mar+ info
Realizando una revisión dental en la vivienda bajo el mar

En el interior, una red de cordones umbilicales unía la morada marina con el famoso barco del oceanógrafo y con el «Espadón», anclados casi encima de ella, en medio de la bahía. Los oceonautas disponían de interfonos y teléfonos con los que se comunicaban con la superficie, de lámparas de rayos infrarrojos, una emisora de radio y hasta una televisión que habían instalado entre sus dos camas, frente a la cámara desde la que el resto del equipo les observaba desde la superficie.

Por primera vez en su vida, Falcó, un experimentado buceador, fue presa de la angustia en aquel exilio radical la noche del segundo día, pero a partir del tercero tanto él como su compañero fueron encontrándose cada vez mejor, adaptados a sus condiciones de vida en la casa submarina. Sobre su alimentación, Cousteau anotó que «los futuros oceanautas rechazarán las grasas, las salsas, el pan y beberán poco. Carnes asadas, frutas y legumbres verdes serán su alimento ordinario, pues el gasto de calorías es débil».

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Los verdaderos problemas fueron de orden psicológico, según el incansable investigador. Falcó y Wesley se quejaban de exceso de relaciones con la superficie. Y así se comprobaba en el diario que escribió el primero: «Esta es una casa electrónica. Basta apretar un botón y se tiene la respuesta inmediatamente. Tenemos 60 brazos y 60 piernas. Son estupendos, pero es demasiado. La llegada de visitas al cajón provoca un guirigay de palabras que nos cansan. No se puede hablar demasiado. Además conviene hacerlo todo lentamente. Sé que lo hacen en nuestro bien, en su lugar yo haría otro tanto, pero todas esas subidas y bajadas por el tubo de entrada acaban mareando».

Adivinando su enervamiento y su necesidad de reposo, Cousteau ordenó suprimir uno de los exámenes médicos que se les hacía por la noche y las inmersiones nocturnas. Falcó lo agradeció en su diario y escribió: «Creo ahora que la vida bajo el mar durante un largo periodo y a mayores profundidades es posible. ¿Y si llegáramos a olvidar completamente la tierra? (...) Bajo el agua todo va muy deprisa, uno pierde la cuenta. Podrían hacerme creer que entré ayer y que tengo todavía una semana por pasar aquí. Lo creería. Estoy completamente desprendido del mundo exterior».

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«El agua comienza a ser verdaderamente nuestro elemento», añadió después. Sin embargo, el día que volvieron a la superficie no dudó en exclamar: «¡Qué bueno es el sol y qué bella es la tierra!».

«Nos han dado un mundo»

La exitosa experiencia reforzó la idea de Cousteau de que la vida submarina era posible. «Falcó y Wesly nos han dado un mundo», decía. La casa utilizada fue destruida. En la mente del oceanógrafo crecía la idea de construir una mayor, con tres o cuatro habitaciones, y de vivir más tiempo y a más profundidad.

Jacques Cousteau+ info
Jacques Cousteau

«¿Es esto un sueño? La vida astral de los cosmonautas, exploradores de planetas, tropieza con dificultades del mismo orden: en Estados Unidos y en Rusia los investigadores, para resolverlas invierten millones de dólares. Las dos conquistas del cielo y del agua son inseparables: ambas nos prometen juntas un mundo fantástico», subrayó.

Ésta fue una de las muchas aventuras que emprendió Cousteau. Él mismo decía: «Si yo quiero resumir con un rasgo la línea de mi vida, yo diría que sólo lo ha ocupado un pensamiento: librar al hombre de la servidumbre de la superficie, inventar artificios que le permitan escapar de los límites naturales: respirar en un medio irrespirable, resistir presiones cada vez más altas. Y no solo resistir: adaptarse, moverse, actuar, subsistir, durar, vivir, en una palabra, que un mundo nos ha sido dado, que los límites retroceden».

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