tribuna abierta
Juan Lamillar entre las hojas amarillas
Lamillar es ya un clásico de nuestra poesía. Un clásico al que podemos ver por nuestra ciudad visitando exposiciones y salas de concierto. Un poeta que vive, tal vez, entre dos luces

Así, como envuelto entre las hojas amarillas del invierno, nos ha llegado este libro de poemas, el último publicado por el sevillano Juan Lamillar. Lo hemos tenido a mano, sobre la mesilla, y así lo hemos degustado poco a poco, como se saborean los licores ... y nos hemos dejado iluminar por ese fulgor de brasas encendidas, de lentos crepúsculos de invierno que viven debajo de sus versos. La fuga es una huida, una evasión, y es, también, una pieza o un tiempo musical. Y este libro de poemas se titula 'Ley de fugas', que es la ley que permite abatir al preso que se escapa. El que escapa es aquí el presente. Porque el tiempo pasa y por eso quisiéramos darle alcance. Quisiéramos evitar que su paso nos vaya despojando de belleza, de fuerza, y que su labor vaya haciendo caer, como las hojas, los nombres de los amigos y las ilusiones.
'Ley de fugas' es un libro de madurez, un libro de luces invernales. «Todos tendremos que escribir un réquiem», dice el poeta quien, en la sección titulada 'El viaje', habla de la muerte como de un personaje cercano y misterioso, alguien que nos cita al final del camino sin angustias ni rencores. Quizás sea este el libro de Lamillar donde más presentes estén la muerte y el tiempo, esos dos vecinos que, sin conocerse, nos están vigilando desde que nacemos: «No sé si aprende la vida /lo que la muerte le enseña / o lo que el tiempo le quita.»
Juan Lamillar, que no ha perdido el tiempo y que ha vivido y festejado la vida, reúne aquí estos poemas que no solo nos hablan de cuestiones existencialistas, sino que nos llevan a la música, a la pintura, a la filosofía, al amor y a la muerte. Temas todos ya abordados por un poeta de largo recorrido y que entiende la poesía como un hermoso modo de conservar la belleza del mundo. Hay también en este libro espacios para la ironía y el humor, como en ese poema ante la tumba de Kant, o los juegos de palabras Heidgerianos. Pero, en un tono u otro, Lamillar no defrauda, es un poeta hondo y seguro que construye sus poemas con el pulso de un equilibrista que transportara, en su barra, la elegancia y la emoción, la claridad y la profundidad.
En una sección del libro que ha tenido el acierto de titular 'La oración del color', el autor recoge poemas dedicados a ese «juego de ojos y de espejos» que es la pintura, un juego que, pincelada a pincelada, nos salva y puebla «nuestra esperanza, nuestras soledades». Pero Juan Lamillar no se queda en la belleza. Como San Juan de la cruz se adentra y se acerca a lo sagrado, lo nombra sin buscarlo, mete los dedos en el costado de lo religioso sin ponerle un nombre. Hay un mundo de eternidades que vislumbra sin entregarse a un sacramento, a una religión. Algo sagrado resuena debajo de poemas tan hondos como ese en el que Rothko va aplicando pinceladas de color rojo buscando una «respuesta ante el vacío» o ante la Pietá Rondanini, la obra última de Miguel Ángel, donde Juan adivina la lucha de la carne y el espíritu, la agonía donde habita la belleza.
La portada y las discretas ilustraciones que acompañan el inicio de cada sección, son reproducciones de collages elaborados por el poeta. Collages que elabora entre libros y música en su casa-monasterio de la Oliva y que merecen que, algún día, se decida a hacer una exposición. En ellos, el poeta va recogiendo -como en la vida, como en la poesía- fragmentos, recortes de belleza de hojas perdidas y los va uniendo en composiciones que son, en igual proporción, bellas y equilibradas, sensuales y pensativas. Como es su poesía.
Lamillar es ya un clásico de nuestra poesía. Un clásico al que podemos ver por nuestra ciudad visitando exposiciones y salas de concierto. Un poeta que vive, tal vez, entre dos luces. Luces que va recogiendo en la cámara de fotos o del teléfono móvil para irlas depositando en los archivos del alma. Y en ese archivo hay recuerdos de poetas y de amigos, voces que van y que regresan: la mano enfermiza de Aleixandre en Velintonia, la copa de vino de Montilla que apura sentencioso Vicente Núñez, la ironía de Rafael Pérez Estrada, el Belén barroco de Pablo García Baena, la mesa en Viñamarina con estrellas y risas de Aquilino Duque, la honda sencillez de Ismael Yebra. Luces de amigos, luces de la poesía que Juan Lamillar alimenta con las ramas y troncos del recuerdo. «Somos el ser / que conoce la muerte. / También el que se sabe / salvado por la luz.» Con este poema, breve y profundo, nos deja Juan Lamillar, como suspendidos entre dos fuerzas, la negrura de la muerte y la caricia salvadora de la luz. Muerte y luz, despedidas y recuerdos, tiempo y belleza pasean por este último poemario de nuestro amigo, de nuestro hermano, el poeta Juan Lamillar. Un poeta que ha apartado las hojas caídas por el tiempo, las hojas amarillas que la vida va dejando, para descubrirnos, una vez más, este tesoro de luz que es su poesía.
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