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DIARIO DE UN OPTIMISTA

El Ejército arbitra las elecciones en EE.UU.

El riguroso legalismo del Estado Mayor quedó de manifiesto cuando Trump fue presidente, de 2016 a 2020. En varias ocasiones el ahora candidato pidió que interviniera para contener los disturbios raciales y también durante el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. La negativa de los militares fue clara e inequívoca

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CARBAJO&ROJO
Guy Sorman

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Las elecciones presidenciales estadounidenses no se parecen a ninguna otra. Tradicionalmente, en los comicios se enfrentan dos candidatos pertenecientes a los partidos Republicano y Demócrata. Estos partidos coinciden a grandes rasgos con la derecha y la izquierda, pero una derecha y una izquierda que no ... concuerdan con las que conocemos en Europa. La derecha estadounidense es más conservadora y religiosa que cualquier derecha europea; y la izquierda demócrata no es socialista, sino progresista. El socialismo no existe en Estados Unidos, excepto en los campus universitarios. Este esquema de interpretación, que siempre ha funcionado hasta este año, no ayuda a entender el insólito enfrentamiento entre Donald Trump y Kamala Harris. Los dos candidatos no juegan en la misma liga y sus divisiones son radicalmente distintas. Harris es una política clásica, tradicionalmente demócrata, es decir, algo progresista, relativamente receptiva hacia los inmigrantes y hostil a toda forma de discriminación. Considera que Estados Unidos es el líder del mundo libre y que sus intereses siguen estrechamente ligados a los de sus aliados democráticos en Europa y en Asia. En cuanto a la economía, evidentemente no se opone al capitalismo, pero solo propone correcciones marginales para proteger a los trabajadores y evitar la competencia excesiva. Esto no tiene nada de extraordinario si la comparamos con su predecesor Joe Biden o cualquiera de los presidentes demócratas anteriores. No puede decirse lo mismo de Donald Trump, que ha transformado el Partido Republicano para ponerlo al servicio de sus intereses personales. Es imposible describir el programa de Trump utilizando el vocabulario político tradicional: su mensaje no está elaborado, lo único que cuenta es su personalidad. Trump no es un político, es una marca. Diga lo que diga, sus votantes siguen siendo insensibles a sus provocaciones e incoherencias. Sus fans reconocen en él el símbolo del hombre blanco, de la virilidad, de un Estados Unidos eterno, el del Lejano Oeste de las películas. Trump no disimula su hostilidad hacia las razas que no son blancas, genéticamente inferiores (sic), y hacia los inmigrantes, todos descritos como criminales y violadores (sic). Su intención declarada de eliminar a sus adversarios, de utilizar el poder de la presidencia para vengarse (sic) de todos los que se enfrentan a él, permite a sus votantes expresar los sentimientos más violentos de la sociedad estadounidense.

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