teatro
Hijos de la ira, hijos del crimen
Novacaixagalicia trae a nuestros escenarios la atormentada y exitosa obra de Arthur Miller «Todos eran mis hijos»
Fillos da ira, fillos do crime
Temores, pesadillas y sueños frustrados: la marea de uno de los dramaturgos clave del siglo XX norteamericano llega a tierras gallegas en versión de Claudio Tolcachir y de manos de Novacaixagalicia. En el reparto se incluyen figuras como Carlos Hipólito, Gloria Muñoz, Fran Perea, Manuela Velasco, Jorge Bosh, Aberto Castrillo-Ferrer, Ángela Villar y Ainoa Santamaría.
Y es que lejos del oropel y las banderas en Iwo Jima que ya contribuyera a desmitificar Eastwood en su reciente dueto de Banderas de nuestros padres , All My Sons ( Todos eran mis hijos ) de Miller es una visita a los sótanos y alcantarillas de la América de los años 40. Miller escribió All My Sons poco después de su primer montaje teatral con escaso éxito de público: The Man Who Had All the Luck . All My Sons representó su último intento de llevar adelante una obra comercialmente exitosa. Caso de fracasar, había jurado el autor «encontrar otro tipo de trabajo».
La obra parte de una historia real, aparecida en un periódico de Ohio y de la que Miller fue informado por su suegra de entonces. Era la historia de una denuncia: la que interpone una hija contra su propio padre, que había vendido partes defectuosas al ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial.
Joe Keller es el modelo de exitoso hombre de negocios «hecho a sí mismo», que durante el conflicto bélico, y acuciado por la necesidad de cumplir con un pedido de la armada, vende conscientemente partes de aviones en mal estado, que son las responsables, posteriormente, de accidentes aéreos que se cobran la vida de 21 hombres. Consigue evadir responsabilidades y denunciar a su compañero de negocios, pero la sombra del pasado es alargada: en el presente teatral, su hijo está a punto de casarse con la hija de su antiguo socio, y con el rememorar y revisitar del pasado, la mentira de su vida sale a la luz. Joe, eterno buscador de la riqueza por el bien de su familia, encarna en un espejo tenebroso el sueño americano convirtiéndose en pesadilla.
La cáustica crítica social del sueño americano que late detrás de All My Sons fue una de las razones por las que Arthur Miller tuvo que comparecer ante el infamante e inquisitorial Comité de actividades antiamericanas durante los años cincuenta, cuando los EEUU estaban en el auge de un episodio de histeria anticomunista que buscó sus presas más codiciadas en el mundo de Hollywood y del teatro (una histeria que incidentalmente será retratada años después y de modo magistral por Miller en su obra The Crucible ). Miller le envió una copia de su obra a Elia Kazan, que dirigió la primera versión teatral de Todos eran mis hijos . Un Kazan que había sido miembro del partido Comunista y que compartía la ideología izquierdista del director judío. Sin embargo, sus relaciones quedaron totalmente aniquiladas cuando Kazan dio los nombres de supuestos Comunistas al Comité de actividades antiamericanas en medio del «pánico rojo» del macarthysmo.
La obra no sólo salvó la carrera teatral de Miller: también le dio la primera muestra de las mieles del éxito y del poder del artista. En sus propias palabras, comentaba el autor que «el éxito de una obra, especialmente el primer éxito, es como empujar contra una puerta que repente te abren desde el otro lado. Uno puede darse de morros con el suelo o no, pero ganas acceso a una habitación hasta entonces cerrada. La audiencia contemplaba en silencio el desarrollo de Todos eran mis hijos y sufrían cuando había que sufrir, y yo disfrutaba del poder que se le reserva, imagino, a los dramaturgos, que es el saber que por la invención de uno una masa de desconocidos han sido transformados públicamente». Tras múltiples montajes y adaptaciones al cine y a la radio, nos toca a nosotros ahora ser transformados, transfigurados, y apurar en cáliz los deslices y pesadillas que provocan los crímenes de nuestros padres.
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