LIBROS
Ana María Matute, la escritora que construyó su propio país de Nunca Jamás
Un nuevo libro, repleto de fotografías, extractos de su obra, objetos personales, citas, hojas de cuadernos y diarios o cartas, la retrata como la niña que siempre fue: «¿Cuándo terminó mi infancia? Yo creo que no terminó nunca, que no ha terminado»

Hay amigos instantáneos, a los que empiezas a querer, pues la amistad es una de las formas más bonitas que tiene el amor, nada más cruzarte con ellos en esta vida de idas, venidas y tantos principios sin final. Y otros por los que sientes ... exactamente lo mismo, aunque nunca les hayas visto en persona, ni hayas cruzado con ellos palabra alguna. Tiene algo de magia la cosa, sí. En esa categoría entran únicamente las personas muy especiales, capaces de despertar tan extraordinario sentimiento con sólo ser y estar, que son dos verbos que cuando se llevan bien hacen virguerías, si les dejamos. En mi caso, esa condición la tiene, sobre todo, y desde hace ya casi una eternidad, que es cuando comienzan las infancias felices, Ana María Matute (1925-2014).
No llegué a conocerla, no tuve la suerte de entrevistarla, pero la leí -lo sigo haciendo- del derecho y del revés, de delante atrás, hasta aprenderme párrafos de algunas de sus novelas al dedillo, como si fuera, eso, una amiga. Intuyo, por lo hablado con muchas otras personas con las que comparto filias literarias -las fobias es mejor ni mentarlas; ¿para qué?-, que era ese un don que tenía 'la Matute' (era como se llamaba a sí misma), el de despertar semejante devoción en quienes no tuvimos la suerte de compartir un ratito con ella.
Para todos ellos, para todos nosotros, 'El libro de Ana María Matute' (Blackie Books), que llegará a las librerías el 9 de febrero, es un regalo que nos devuelve a ese país de Nunca Jamás que ella siempre habitó, hasta el último día de su vida. Editado por Jorge de Cascante como una hermosa rayuela cortazariana por la que entrar y salir una y mil veces, un millón, a la que siempre volver, es un caleidoscopio donde se funden su vida y su obra, convertidas en una sola desde que Ana María -me van a permitir que la llame por su nombre, sólo por esta vez y sin que sirva de precedente- empezó a escribir, al poco de aprender a hacerlo.
Exposición
«De alguna manera, es como un catálogo de una exposición que no existe sobre Ana María Matute», explica De Cascante, el 'cerebro' que está detrás de la colección 'El libro de…', que comenzó en 2016 con Gloria Fuertes y tantas alegrías le ha dado a su editorial, Blackie Books, gracias a 'personajes' como Gila o Fernando Fernán Gómez. Las piezas de esa muestra literaria ficticia, pero tan llena de realidad, son conferencias, cartas, fotografías, extractos de sus novelas, de sus cuentos y sus ensayos, hojas de sus cuadernos, citas de sus entrevistas, páginas de sus diarios, sus prólogos, sus objetos («Todas las cosas tienen su nombre, su forma de ser, su carácter. Para mí, los objetos tienen vida», dijo alguna vez)… y su voz, «la voz suya sin intermediarios».
Con todos esos pedazos de vida, colocados en un perfecto y armonioso desorden («aquí se buscan el pajareo y el esparcimiento, estas páginas son un prado para merendar en calma», advierte el editor en el prólogo), De Cascante buscaba «ofrecer una perspectiva que nos acerque a su realidad, una realidad siempre inventada». Para ello se acercó a la obra de 'la Matute', claro, pero también a todos los que tuvieron la enorme suerte de formar parte de ese universo suyo tan particular, donde ficción y realidad eran una misma cosa. Habló con su hijo Juan Pablo, con su nuera Marisol, con su hermana María Pilar, con su sobrinas Sapo y Verónica, con su amiga y albacea Mari Paz Ortuño, y ellos le ayudaron a dar forma a este álbum de recuerdos de quien vivió su vida sin abandonar nunca la infancia.

«Me gusta la manera que tiene de llevar la infancia a lo largo de su obra de principio a fin, desde los 18 años hasta el final. En el libro hay repartidos dibujos suyos de cuando tenía entre 4 y 12 años, y tienen todo el sentido del mundo cuando lees incluso sus últimas obras, todo está relacionado con el imaginario que tenía ya en la infancia», sostiene de Cascante. Eso sí, el editor matiza que «su obra es durísima, no es una obra infantil para nada, pero de alguna forma el bosque, la naturaleza, la dureza de los pueblos o las ciudades es algo que tiene ya desde niña y lo prolonga toda su vida y lo lleva por toda su obra».
Según De Cascante, Ana María Matute «es una forma de estar en el mundo. Sobrevivió a la guerra, a la crítica, a la censura, al divorcio cuando no existía el divorcio, a la ausencia de su hijo, a la depresión, a la muerte de su gran amor y a todos los seres que le pusieron la zancadilla». O, en palabras de la propia escritora: «La vida es como los árboles: misteriosa». Y eso que, como ella misma advertía siempre, lo que escribía no era literatura fantástica, sino magia. Como muestra, un botón en forma de cita: «'A mí me gustaban más tus libros realistas', me dicen. ¡Pero si en todos mis libros realistas hay magia! Me dan ganas de preguntarles qué libros míos han leído. No se enteran de nada, son unos 'monorrostros'. Creo que 'monorrostro' es una palabra que me he inventado yo, por cierto». Bendita invención.

La primera que le tocó con la varita de la ficción fue su tata Anastasia Arrizabalaga Zubía, una figura fundamental en su niñez. Cada noche, le contaba un cuento, a cada cual más terrorífico. Se los sabía todos, y Ana María nunca se cansaba de escucharla. Motivos no le faltaban. «Mi padre habría sido amigo de Ulises, y mi madre habría sido amiga del Cid Campeador, Creo que con esto lo digo todo». Su primer relato, presente en el libro y protagonizado por un niño para el que los duendes eran la cosa más normal del mundo -igual que para ella- lo escribió con cinco años, y ya nunca dejó de vivir en esa realidad inventada en la que era más feliz, dichosa.
«Le encantaba observar, miraba a la gente por la calle, se inventaba sus vidas, montaba personajes. ¡A veces también se creaba personajes falsos sobre sí misma! A los taxistas les contaba unas historias tremendas, dramáticas; y los pobres se quedaban hechos polvo. Hasta tenía una libreta llena de nombres propios inventados que usaba para hacerse pasar por otra gente; la hemos encontrado hace poco», cuenta su hijo en el libro.
Tras dejar atrás, que no olvidar, la Guerra Civil, a la que sobrevivió en compañía de sus hermanos («Éramos los Niños de Ninguna Parte»), dejó los estudios en 1940 y se centró en aquello que más le chiflaba en el mundo: escribir. En 1948 publicó su primera novela, 'Los Abel', y en ese preciso momento, ni antes ni después, nació 'La Matute'. «Toda la primera parte de su obra es realismo social con una parte de fantasía, pero lateral, y la segunda parte es toda fantasía con algo de realismo. Hay una escisión radical en medio de su carrera. Yo creo que tiene que ver con la forma de superar la depresión que tuvo a finales de los setenta y hasta principios de los ochenta», asegura De Cascante.
'Vacío'. Así llamaba ella a su depresión. En el libro aparece el sobre en el que guardaba las páginas de su 'Diario Negro', donde anotaba sus pensamientos después de las sesiones de terapia con su psiquiatra, Domingo Carreras, que tenía la consulta en la calle Muntaner de Barcelona. «Hoy 27 de febrero he llegado al límite de mis fuerzas», se lee en una de las hojas. «Yo sólo sé que te quiero y todo lo demás pertenece a un mundo donde no habito ni entiendo ni oigo ni sé hablar», escribe en la última reproducida. Aquel 'vacío' la tuvo 18 años alejada de la literatura. Cuando logró salir de él terminó 'Olvidado rey Gudú' (1996), su gran obra, su historia predilecta. «Pensé que nunca se publicaría mientras estuviera viva, e incluso que, si se publicaba, yo caería muerta en ese instante. No sé por qué, pero estaba convencida», llegó a confesar. Las dos páginas del manuscrito reproducidas en el libro, repletas de correcciones, evidencian el inmenso trabajo, la disciplina, el genio de 'la Matute'.
Retrato
Hacía casi cuatro décadas que había ganado el premio Nadal (1960) por 'Primera memoria'. En las fotografías de aquella noche -el menú de la cena fue crema de legumbres, filetes de lenguado 'Bella Molinera', pollo asado con bacon y patatas Parmentier, una muselina de helado Infanta y una copa de champán Castellblanch- se la ve radiante, rodeada de señores trajeados. Tres años después de aquel galardón con el que empezó casi todo para ella, se separó de su primer marido, Ramón Eugenio de Goicoechea, 'El malo', que lo único lindo que le dio fue a su hijo. A finales de ese mismo año conoció a Julio Brocard, 'El bueno', el gran amor de su vida (nunca se casaron), fallecido el día que Ana María cumplió 65 años y a la misma hora que ella nació. En el libro se reproducen las dos fotografías de Paul Newman que la escritora tuvo en la mesilla de noche de su cuarto durante casi treinta años, porque, según ella, Brocard, que no dejaba que lo retrataran, era igualito que el actor de Hollywood.
Página tras página, 'El libro de Ana María Matute' es, también, una sucesión de anécdotas que reflejan el carácer de la escritora, su personalidad alejada de lo común y corriente. El día que, a mediados de los sesenta, conoció a Ana María Moix, una de sus grandes amigas, 'la Matute' llevaba en la mano un llavero que, en realidad, era una llave inglesa. «La llevo siempre encima, por si se me rompe un tacón en medio de la calle, así me lo arreglo yo misma, tengo mucha mano para estas cosas, arreglo armarios, hago puertas, enmarco…», respondió ella ante la pregunta de Moix. «Construía ciudades medievales con chapas de botella, con cristales que encontraba en la basura, con restos de madera que le daba un vecino de Sitges (allí vivió sus años más felices con su hijo y Julio Brocard) que era carpintero, y escondía tesoros dentro que los niños del pueblo tenían que encontrar. Luego, inventaba historias relacionadas con esas ciudades», relata de Cascante.
Cómplices
En Sitges, sus mejores lectoras, y cómplices, eran sus sobrinas Sapo y Verónica, a las que trataba como si fueran adultas. «La tía siempre nos daba dinero para chucherías y nos decía que comprásemos lo que más nos gustase. Una noche nos dijo que íbamos a cocinar 'pollo a la Kiev'. Preparó el pollo en unas cazuelas de barro, por encima le echó miga de pan, y nos sirvió unas copas hasta arriba de vino. ¡Tendríamos doce o trece años! Al día siguiente nos despertamos con una resaca increíble, no entendíamos qué nos pasaba», recuerda Sapo en el libro. En otra ocasión, su tía le regaló un bolso y le dijo que «había que llenarlo, y que lo principal que tenía que haber en un bolso era un paquete de cigarrillos... Me compró un paquete de cigarrillos precioso que tenía un estampado de flores. Era como vivir la vida de Pippi Långstrump».
A 'la Matute' le gustaba cocinar. Una de sus recetas preferidas, 'heredada' de su tata Anastasia, eran las 'Patatas Ana María', patatas cortadas en cuadrados pequeños, fritas y revueltas, después, con tomate y huevo. El problema era que solía guisar mientras escribía, por lo que no fueron pocas las veces que, de tan metida que estaba en su propia realidad inventada, se le olvidó lo que tenía al fuego, chamuscando más de una cocina. Como solución, escribió en una cuartilla, en grandes letras rojas: «'Cuidado! ¡Patatas en el fuego!». La tenía en su escritorio y la miraba de vez en cuando a modo de recordatorio y advertencia.

«Ella vivía como en un mundo paralelo. Cuando estuvo dando clases en Estados Unidos, formaba parte de un grupo de escenas históricas medievales (en el libro hay varias fotos) y era como si estuvieran jugando al rol», destaca De Cascante. El editor también recuerda que cuando se separó, Camilo José Cela la 'adoptó' en su casa de Mallorca para que pudiera seguir escribiendo. Allí coincidió con José Manuel Caballero Bonald, otro de los 'gatitos' (en palabras de Matute) acogidos. A los dos les pirraba leer 'El Pulgarcito', el tebeo que recibía el hijo de Cela. Sus preferidas eran las viñetas de la Familia Cebolleta, cuyos miembros se ponían unos ropajes estrafalarios cuando invitaban al jefe a cenar a casa para impresionarle. «¡Oh, qué lujo asiático!», decía éste al verlos. Esa frase se les quedó prendida en la memoria y, de hecho, fue la que se enviaron por telegrama cuando, años después, ganaron el premio Cervantes, ella en 2010 y él en 2013.
Junto a su cama, Ana María Matute tuvo siempre un ejemplar de 'Peter Pan'. Pero el libro «original», el de James Matthew Barrie, nada de Disney. «Me parece lo más, quizá porque me siento identificada con él. Es el espíritu de la infancia indómita». Muchas noches, antes de cerrar los ojos, leía el final, que se sabía de memoria. «Cada vez que lo leo, me entran ganas de llorar. Pero de felicidad. Ese párrafo es mi vida». Una vida que esa muerte de la que ella no era «partícipe» interrumpió el 25 de septiembre de 2014. Aunque su historia continúa en el mundo ficticio que inventó, y «así sucederá para siempre, mientras los niños sean alegres, inocentes y despiadados».
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