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El simbolismo de la bandera ausente

Un anciano ante una ikurriña en la localidad guipuzcoana de Zizúrquil. Ap

Me acerco en coche a Bakio, uno de mis pueblos preferidos de la costa vizcaína. Me recibe un cartel de «Ongi etorri» (Bienvenidos), sólo en euskera. A continuación otro que dice «Bakion ere, euskeraz» (en Bakio también, en euskera). Más adelante, una enorme pancarta que reza «Azkoiti, gogoan zaitugu» (Azkoiti, te recordamos) Se trata de un etarra que murió hace al menos dos semanas en Francia, por lo que la pancarta debe de llevar en ese sitio todo ese tiempo. Atravieso el pueblo, paso por delante del Ayuntamiento donde hay izadas dos banderas, la de la localidad y la ikurriña. Todas las indicaciones del pueblo, calles, oficina de turismo, playa, escritas sólo en euskera. Salgo por la carretera que lleva a Bermeo, y desde donde se divisa uno de los más bellos paisajes vascos, mar, acantilados, verde. Encuentro una única señalización en bilingüe, la que anuncia una ermita románica del siglo XII; me pregunto por qué han tenido a bien dejarla como última reserva de los castellanohablantes.

Un poco más adelante, un restaurante donde ondean nada más y nada menos que cuatro banderas. ¿También la española? Ingenua pregunta. De eso nada, por supuesto. Son la ikurriña, la bandera catalana, la de la Unión Europea, y una que no reconozco, pero que no me extrañaría fuera la de Vanuatu o quizá la de Togo, dada la afición de algunos vascos a reclamar cualquier nacionalidad con tal de que no sea la española.

No recuerdo cuál es el reparto de votos en Bakio, ni cuál es la composición política del ayuntamiento. Da lo mismo. Porque Bakio no es especial, ni hay explicaciones puntuales para su caso, es decir, la desaparición de España, la anulación de los derechos de los ciudadanos a la identidad española, o la ilegalidad de la ocultación de la bandera española. Tampoco es especial lo que ocurre en Bakio con la reacción ciudadana ante los atropellos. Simplemente, la reacción no se manifiesta, está oculta, entre acobardada y acomplejada.

Dejemos a un lado la cuestión del euskera, o la de las pancartas de exaltación del terrorismo que las autoridades no retiran. Ambos casos merecen sendos capítulos aparte. Y vayamos al caso de las banderas. Las banderas son solamente símbolos, pero los símbolos a veces explican todas las claves políticas de una situación. Y si uno quiere entender el País Vasco, o la reacción del resto de España frente al tema vasco, no hay más que fijarse en lo que ocurre con las banderas.

En el País Vasco, la bandera española está ausente. Una buena parte de los ayuntamientos la ha hecho desaparecer con total impunidad de sus mástiles, mientras que otros, simplemente, no colocan ninguna bandera para «no crear conflictos», es decir, no molestar a los nacionalistas. Pero lo más llamativo es la incapacidad de reacción de los ciudadanos y políticos no nacionalistas ante esta negación tan apabullante y descarnada de una parte fundamental de su identidad. Nadie rechista, nadie protesta, es tal el miedo a que a uno lo llamen nacionalista español, o simplemente español.

La teoría de la espiral del silencio de Elizabeth Noelle-Neumann se realiza en toda su perfección. Parece que la hubiera escrito para analizar el caso vasco, aunque en realidad ella se refiriera a Alemania. La opinión pública dominante, la nacionalista, se impone. Los ciudadanos no nacionalistas perciben que su opinión está mal vista socialmente, no conduce a la aprobación social, y se repliegan y callan. Reclamar la presencia de la bandera española en este ambiente es una trasgresión social, es políticamente incorrecto, radical, estrafalario, señala a los apestados.

El miedo a la trasgresión atenaza a los ciudadanos, pero también a las elites políticas e intelectuales. Nadie reclama el respeto a la identidad española y la presencia de la simbología del estado. El fantasma que atenaza a los españoles desde el inicio de la transición planea todavía con toda su fuerza en nuestra cultura política. España, la bandera española, la nación española, son identificados como símbolos del pasado, franquistas. Quien los reclame corre el peligro de que lo identifiquen con ese pasado. La simbología de las nuevas autonomías, sin embargo, es el presente, se identifica con la democracia, con el progresismo. Da lo mismo que hayan pasado 25 años, y que el sentido de la simbología se haya trastocado, que la bandera española represente a una de las democracias más asentadas y exitosas del mundo y que la ikurriña sea el símbolo preferido de los seguidores de ETA. No importa, nadie se atreve a contrariar a los nacionalistas que decidieron quedarse en los valores de la España de hace 25 años.

Si los constitucionalistas aceptan con tal complejo la anulación de su propia identidad, cabe preguntarse si están preparados para gobernar en el País Vasco. Porque difícilmente puede liderar a los demás quien ni siquiera es capaz de reconocer y defender su propia identidad, quien ha reconocido al otro, a los nacionalistas, pero no se ha reconocido a sí mismo, o se reconoce en la vergüenza y la ocultación que le han trasmitido los nacionalistas.

No es fácil. Porque el miedo, el complejo y el tabú se refuerzan con la reacción del resto de España. Alfonso Ussía recordaba hace unos días el caso de la Federación Española de Remo que ha eliminado la bandera española por la presión de los clubes vascos que se niegan a aceptar la bandera española como trofeo. Hace unos días nos enterábamos también de que el juez Garzón tiene una ikurriña en su despacho, porque se la habían regalado unos amigos. Nada llamativo si no fuera por el contraste de que, en cambio, a las elites españolas difícilmente se les ocurriría lucir una bandera española en sus despachos, porque se la han regalado unos amigos. Nadie se atrevería. El fantasma está demasiado presente y domina los espíritus de hasta los que se creen más libres.

Intelectuales y políticos están tan atrapados como el resto de ciudadanos en el círculo del tabú y del complejo. Es tan políticamente incorrecto reclamar la bandera española que algunos se escudan en que se trata de simples símbolos, en que eso no es prioritario, en que ya se abordará en el futuro. Pero el futuro también se construye sobre los símbolos, y más cuando este símbolo representa al estado, la democracia y la identidad española. La incapacidad para recuperarlo es una muestra de la aceptación de un presente, eso es ya un hecho, pero también de un futuro, construidos sobre el proyecto nacionalista excluyente, y de unos líderes débiles dominados por los cánones de la corrección política dictados por el nacionalismo y por el pasado.

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