La otra 'Filomena', el temporal de nieve que bloqueó Madrid en 1914
historias capitales
Hubo esquiadores en el parque de El Retiro y colapso en la Puerta del Sol a consecuencia de la nevada
Nevadas históricas en Madrid

Dicen que ya no nieva como antes. Y que el frío no es igual al del pasado. La temperatura media en invierno en los últimos 30 años no ha bajado de 6 grados. En los cien años anteriores, de 1885 a 1985, se han registrado ... algunos meses de enero y febrero mínimas de 9 bajo cero (1907 y 1938), y de hasta 10 bajo cero en 1945. La gran nevada de la borrasca Filomena en enero de 2021, que duró 30 horas y dejó 1,25 millones de kilos de nieve en las calles, ha sido la mayor de los últimos cien años. Pero no la única. Madrid, de hecho, vivió antes otras 'Filomenas', menos mediáticas pero tan impactantes para los madrileños.
Las crónicas hablan de nevadas de gran espesor en el primer mes de 1952, cuando cayó la nieve durante tres días; aunque el récord parece tenerla la que cayó en 1904. Pero si hay una que dejó huella en el archivo fotográfico de ABC, esa es la gran borrasca de nieve de 1914.
Era sábado, 17 de enero, y cuando pasaban minutos de las ocho de la mañana comenzaron a caer los primeros copos sobre la ciudad. Dos horas después, los tranvías ya tenían dificultades para circular, y muchos tuvieron que volverse a cocheras. Las calles que daban al norte se llenaban de peatones resbalando y de caídas de caballerías. Los carros pesados conducidos por mulas y bueyes tuvieron que quedarse en medio de la calle, abandonados por sus dueños.
La nevada continuó cayendo hasta las cuatro de la tarde, y entonces las temperaturas se desplomaron. De madrugada, seguían los vehículos tirados en medio de la cuesta de San Vicente, la de Atocha, la carrera de San Jerónimo, en el paseo del Prado, en la plaza de las Cortes, en las rondas de Toledo, Valencia y Atocha, en la calle Santa Engracia, en la de Bravo Murillo, en López de Hoyos, en Diego de León… Los coches de punto habían sido retirados de la circulación, y apenas transitaban algunos tranvías y un puñado de automóviles.
El Ayuntamiento no tardó en recordar a los porteros de las fincas y a los comercios sus obligaciones: un bando se fijó en cada esquina refrescando la memoria sobre lo que fijaban las ordenanzas municipales, esto es, que cada cual tenía que limpiar el trozo de acera que corresponde a su vivienda o local. Los ciudadanos cumplieron escrupulosamente.



Por orden municipal, una brigada de obreros, barrenderos y mangueros salieron a limpiar de nieve las calles y los sitios más céntricos, sobre todo los que tenían fuertes pendientes y por lo mismo resultaban más peligrosos para viandantes y vehículos. Por su parte, la compañía de tranvías dispuso que a las once, todos los trabajadores del ramo de vías se dedicaran a limpiar éstas de nieve. A las tres de la tarde comenzó el barrido general.
Se quejaba la prensa de que la más desatendida había sido, curiosamente, la más céntrica: la Puerta del Sol: «Mientras todas sus calles afluentes se veían libres del estorbo, la gran plaza continuaba a las seis de la tarde en un lamentable estado de suciedad».
En las zonas donde la nieve se heló y se convirtió en una gruesa capa impenetrable, los operarios lo combatían no con sal, sino arrojando arena. «El alcalde personalmente recorrió la población con objeto de ver si los trabajos se realizaban según las órdenes cursadas», decían las crónicas. Y hasta el rey salió aquella mañana a pasear por la nieve: «Subió por la calle de Alcalá y entrando en el Retiro por la plaza de la Independencia, admiró el bellísimo panorama, y comentó con el marqués de ja Torrecilla, que le acompañaba, el ingenio de los escultores espontáneos que surgen con las nevadas». Dicen que iba sin escolta y ataviado de forma modesta, por lo que apenas nadie le reconoció.
La novedad de la nieve invadiendo la ciudad sacó a las calles a los madrileños, que hacían bustos con ella en la plaza de Oriente, en la de Santa Ana, en la de Las Cortes o en la de Bilbao. «El Retiro se vio invadido desde las primeras horas de la mañana por centenares de personas, ávidas de contemplar los preciosos paisajes nevados que allí se ofrecían». E igual que tras el paso de la borrasca Filomena en 2021 se pudo ver a algún vecino guiando un trineo de 'huskies' siberianos en el barrio de Hortaleza, en 1914 se vio a dos señoritas con trineo, y no faltó quien sacó los esquís y se puso a practicar en los paseos, aprovechando el espesor de la nieve.
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Cuentan los periódicos anécdotas de la jornada, entre ellas la del novio que salía de casarse en la parroquia de San Andrés, y resbaló, «cayendo tan largo como era, en la calle de Santa Lucía. Sus amigos acudieron a auxiliar al hombre caído y éste, lanzando una carcajada, exclamó: 'Hoy me he caído dos veces'». Gracias de la época.
Eso sí, al igual que ocurrió con Filomena, mientras el centro fue recobrando la normalidad poco a poco, en los barrios más alejados todo fue bastante más despacio: hubo casas aisladas, porque en Puente de Vallecas, las rondas, la Guindalera o los Mataderos, la nieve alcanzó más de 40 centímetros de espesor, explicaba el ABC. Por las fechas se celebraba la fiesta de San Antón y la tradicional bendición de los animales, que quedó muy deslucida en esa ocasión dado que el piso estaba intransitable para el ganado: «Sólo algunos madrileños de esos que por la tradición se arriesgan a todo han acudido con su jaca a la calle de Hortaleza».
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