La derecha en el laberinto: Feijóo busca el centro y choca con el Vox más firme
El PP quiere ensanchar su base, pero genera dudas en parte del electorado en su pulso con un Abascal determinado a no ceder
Santiago Abascal al PP de Extremadura: «Bájense del burro»

Quedan cuatro semanas para las elecciones generales del 23 de julio. En la derecha sigue operando la certeza de un cambio de Gobierno, si bien los más prudentes insisten en no transmitir esa idea para no fomentar un descenso de la participación. Pero tras ... el éxtasis de las primeras semanas posteriores al 28M, cunde la sensación en las filas populares de que se ha perdido el marco más conveniente para afrontar la contienda electoral: el del plebiscito sobre la figura de Pedro Sánchez.
En Génova creen que ese escenario volverá a abrirse paso de forma inexorable según se desarrolle la campaña y que será el principal vector de voto en el momento de ir a la urna, pero las negociaciones de los gobiernos autonómicos están generando tensiones internas en el partido. Cuestionamientos estratégicos hacia la dirección nacional que son todavía un susurro. Extremadura es el principal foco de tensión, y no hay avances en la Región de Murcia, como tampoco certezas de que Jorge Azcón y Marga Prohens puedan ser los presidentes de Aragón y Baleares, respectivamente, antes del 23 de julio. El partido espera la resolución de ambos como un balón de oxígeno.
El motivo de los dolores de cabeza que acechan al PP tienen que ver con la relación con Vox. Y a una parte muy especialmente por las resistencias, más bien rechazo, de Génova de ungir a Vox como socio natural, prioritario e inevitable. Una parte del PP y de la derecha, más allá de las fronteras orgánicas de la formación, quiere blindar esa asociación como mejor garantía de optimización de todo el voto contrario al actual Gobierno. Y como garantía de una reacción al actual Ejecutivo no solo en términos de alternancia sino también de respuesta ideológica.
En esta partida de póker, Extremadura aparece como la jugada principal. Y en la primera disputa han chocado el perfil más centrista del PP con la estrategia vertical de Vox: donde sea imprescindible pretende dejar su impronta y, a priori, siempre entrando a formar parte de los gobiernos. «No somos intransigentes. En Cantabria hemos pactado la Mesa, aunque el PP allí haya preferido a Revilla para la investidura», señala una fuente en Vox. En el núcleo de Abascal tenían claro hace semanas que no iban a regalar sus votos y que para ellos era importante dejar su sello.
En el PP ha sorprendido la dureza que están viendo en lugares como la Región de Murcia y que personalizan en el protagonismo de Jorge Buxadé. «Vox acierta. En una dinámica más liberal y conciliadora saben que terminaríamos arañando su espacio», se resigna un alto cargo del PP. «María Guardiola se ha equivocado planteando el choque en una cuestión de principios y no de mera aritmética», dice una fuente popular. «Con ese discurso ha alimentado a Vox», lamenta otro. «Es una maniobra muy arriesgada. Lo lógico es ir a una para echar al PSOE. Una repetición electoral es una bomba de relojería», tercia un cargo autonómico.
Feijóo, frente a lo «inevitable»
El PP tiene que convivir con esos planteamientos que reclaman que se naturalice la relación con Vox «sin complejos», frente a la lectura que Feijóo defiende como eje estratégico: un partido autónomo, bien diferenciado de Vox en determinadas cuestiones y que pacta solo cuando es «inevitable».
Génova quiere confrontar con Sánchez y sus alianzas con el líder del PP en solitario, alejando la idea de un ticket con Abascal
Esta semana el portavoz de campaña del PP, Borja Sémper, probablemente una de las figuras que defiende este planteamiento con una convicción que va más allá de lo estratégico, recordaba en una entrevista que en las últimas semanas el PP ha pactado con Coalición Canaria, con el PRC de Cantabria o destacaba muchos los apoyos a los candidatos socialistas en Vitoria y Barcelona. Sin llegar a decir que Vox es uno más entre los muchos socios puntuales que puede tener el PP, el mensaje de fondo era ese. En los argumentarios que repite la cúpula del partido se defiende que el PP quiere «romper la dinámica de bloques» y que tiene un enfoque «transversal» en su vocación de representatividad política. Su propuesta de que gobierne la lista más votada tiene una evidente connotación estratégica. Feijóo sabe que el PSOE no lo va a aceptar, pero proyecta un ideal: un modelo en el que PSOE y PP se apoyan mutuamente en función de quién queda por delante.
El diagnóstico que hace Génova es que las alianzas de Sánchez y el hecho de que su imagen aparece irremediablemente asociada a ellos es el principal hándicap de los socialistas, que están articulando precisamente la campaña intentando marcar distancias respecto de sus socios estos cuatro años. En estos momentos nadie, ni el propio PSOE, imagina un Gobierno socialista en solitario. Todo pasa por reeditar la actual alianza, ahora con la marca de Sumar en sustitución de Unidas Podemos. Y con las formaciones nacionalistas e independentistas. Feijóo quiere que la elección del 23 de julio sea una elección entre todo eso y el PP. No entre esa suma y el PP y Vox.
Los populares trabajan con sondeos propios y los publicados por los medios de comunicación. Y de ellos se desprenden dos conclusiones que alimentan esta estrategia. La primera es que PP y Vox tienen una elevada fidelidad de voto. Y que además tienen capacidad de intercambiarse votantes. La segunda es que el PP tiene todavía margen para horadar la menguante base electoral de Ciudadanos y que existe una transferencia de voto del PSOE al PP que algunos sondeos sitúan en el 10 por ciento del votante que cogió la papeleta de Pedro Sánchez en noviembre de 2019. «Un votante del PSOE que se quede en casa cuenta uno, pero un votante del PSOE que nos vota a nosotros vale por dos», señalan en Génova.
Sus análisis apuntan a que en las elecciones autonómicas eso ya se ha producido y que si los socialistas han limitado su deterioro es porque a su vez han recuperado votos de su izquierda. Tras unos años en los que el movimiento de voto entre bloques ha sido prácticamente nulo, el PP otorga gran importancia cualitativa a esos votantes. Sin Ciudadanos en escena y con un PSOE mermado por sus alianzas, el PP entiende que hay un electorado que habita caladeros centristas en situación de orfandad. Feijóo quiere acudir a las urnas aspirando a ser hegemónico en esa franja electoral. Frente a los llamamientos a una suma automática con Vox, el presidente del PP arriesga esa alianza en busca de un mayor crecimiento propio. El peaje es el actual pulso con Vox que está despertando inquietud en la formación. Los más distantes creen que el enfoque de Guardiola en Extremadura y en menor medida el de la estrategia de Génova obvia que «el principal mandato electoral de nuestro votante es expulsar al PSOE, no frenar a Vox». Y recuerdan que tras la formación de la coalición de Castilla y León llegó la mayoría absoluta de Andalucía. Y luego el 28M. Que el elector del PP no penaliza esa asociación parece consolidado. Pero Feijóo no se resigna a la suma y quiere exprimir las opciones de gobernar en solitario.
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